Lucha incoherente

Mariana, la madre de una estudiante de secundaria, compartía su preocupación por la situación académica de su hija, pero sobre todo, por la experiencia emocional y la percepción que tenía como estudiante nueva de lo vivido en el colegio hasta el momento, nada motivante. En su reflexión se podía notar su angustia y tristeza, así como la impotencia al verse enfrentada a una situación en la que no solo participaba su hija sino otros estamentos, y en la que no podía hacer mucho.

Vladimir, el profesor, se queja constantemente de los pocos recursos con los que cuenta para sus clases, el espacio tan limitado para tantos estudiantes, la poca atención que puede brindarles porque simplemente el tiempo no alcanza y las situaciones son muchas, el papeleo que hay que hacer para trámites simples que puede conllevar a la extensión de tiempo y la disminución de la importancia de la situación que se trata, y de que su ascenso cada vez se ve más limitado por las restricciones que pone el gobierno.

Ximena, la estudiante, se queja porque su refrigerio a veces no tiene la calidad requerida para una alimentación a su edad, o porque hay alimentos que llegan semicongelados (y no tiene dónde calentarlos), o porque la variedad cada vez es más limitada. Le comenta a su familia quien a su vez se queja de las ausencias de docentes o la demora en la contratación de sus reemplazos, de la inseguridad del sector y de la calidad de educación que su hija recibe.

Mariana, Vladimir y Ximena con su familia, principalmente, hacen parte de la misma comunidad educativa, por lo que podrían unirse y luchar por una solución a estas necesidades, pero:

  • Los padres y madres de familia tienen (o sacan) poco tiempo para la atención de sus hijos, limitándolo solamente a asistir a las entregas de boletines (y eso). Poco se interesan por las situaciones generales del colegio que afectan directamente a sus hijos e hijas. Nuestra sociedad también ayuda, cuando deja como último factor de importancia la atención a la educación, negando permisos, pasando memorandos, descontando por días u horas no trabajadas, entre otras pequeñas cosas.
  • Los estudiantes, a veces mucho exigen pero poco ofrecen, o en el peor de los casos ni siquiera exigen. Tienen la posibilidad de participar para aportar y generar cambios, pero prefieren quedarse durmiendo. Tienen la posibilidad de ir cada día a aprender, pero prefieren copiar y pegar de internet lo que sea que encuentren, y llegar al último día a pedir “¿qué tengo que hacer para recuperar?
  • Y los docentes, tristemente muchos de los docentes que se quejan son los que menos hacen. Una pequeña evidencia de eso es esto, que cuando se convoca: la mayoría firma, menos de la mitad se alista para ir, la mitad de la mitad toma camino y la mitad de la mitad de la mitad llega y se queda. Los que no participan tienen cosas que hacer en su casa, aprovechan para ir y hacer la vuelta que no pudieron hacer en otro momento, se van a descansar, o peor, si niquiera le interesa pero al menos desde el principio dicen que no va.

Concentraciones donde realmente da vergüenza que la participación de maestros sea tan pobre, vergüenza de que algunos se disfracen para usar “el tiempito libre” en otras cosas, pero eso sí, están muy dispuestos a cobrar lo que corresponda o a obtener las ganancias que lucharon otros.

¿Para dónde vamos con tanta indiferencia?

 

 

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